Sólo para valientes

La poco accesible Laguna Negra tiene más misterios de los que la gente se atreve a contar.

Nelson Peñaherrera Castillo

FACTORTIERRA.NET

 

SALALÁ, Huancabamba-- La peor forma de llegar a la Laguna Negra es caminando. Lo mejor es alquilar un caballo o un par de ellos para poder remontar hasta los 3200 metros de altura y disfrutar del recorrido.

El problema es que nosotros no tomamos en cuenta este detalle y decidimos confiar en la fuerza de nuestras piernas, al igual que los antiguos habitantes de esta zona que subían frecuentemente para pedir alguna gracia a las diversas lagunas que forman el complejo de las Huarinjas.

Salalá es un pueblo ubicado a dos horas de camino afirmado desde la ciudad de Huancabamba. Es el último lugar para comprar provisiones y pensar seriamente si se sigue mas adelante.

La salida principal de Salalá hacia el norte va a la Laguna Shimbe, una de las fuentes más occidentales del Río Amazonas; para ir a la Laguna Negra, hay que cruzar por la mitad del pueblo hacia el noroeste. El camino a la primera tiene imperceptibles subidas y bajadas con un paisaje apasionante; pero la segunda… es una inacabable cuesta arriba.

Aquí estamos tras haber recorrido ocho horas en ómnibus desde Piura hasta Huancabamba, a  donde llegamos a las cuatro de la mañana, y casi de inmediato nos hemos embarcado en una camioneta rural para amanecer y desayunar en Salalá.

El menú no es muy variado ni tampoco atractivo a pesar de los altos precios que cobra la gente que ya está habituada a recibir, a su manera, a turistas de todas partes del mundo.

El ascenso
Tras demorar media hora en desayunar y consultar con nuestro guía local sobre el plan a seguir, iniciamos el camino hacia la laguna Negra con inmejorable buen tiempo, y una jornada máxima de cuatro horas de caminata.

Comenzamos a dejar a Salalá, que esta a 2900 metros de altura, y, al subir la pendiente, siento el evidente efecto de descompensación provocado por la presión atmosférica. La persona no aclimatada suele fatigarse muy rápido, y en algunos casos, reporta problemas de presión.

El equipo de viaje está compuesto por siete personas, entre ellas Enzo Jibaja Cruz, un ingeniero Agro Industrial residente en la ciudad de Piura, que dedica sus ratos libres a investigar civilizaciones perdidas.

“Estamos yendo a visitar a la laguna Madre”, repite durante todo el camino; después de todo, él fue quien motivó todo este despliegue luego de recibir noticias de unas extrañas inscripciones muy cerca del espejo de agua.

Mi batalla contra la pendiente estaba relativamente ganada hasta que justo a la mitad la planta de mi bota de escalar se rompió del resto del cuero y quedó inservible para avanzar. “Siempre hay un pago por estas subidas”, le dije a Carmen, una de las dos mujeres que nos acompañaban en esta expedición. Enzo, Juan, su compañero, nuestro guía, y mi compañero Carlos se habían separado de nuestro grupo y nos aventajaban por unos 100 o 200 metros cuesta arriba. La única solución que tuve para avanzar fue pedir prestado un par de hojotas de caucho de neumático y llegar como sea.

Mientras subimos, los eucaliptos de la pendiente se mezclan con los romerillos, vegetación oriunda de este ecosistema conocido como el bosque de neblina, una especie de cubierta vegetal que absorbe la humedad del aire, la transporta y la fija en el suelo dando nacimiento a pequeños arroyos que luego se convierten en grandes ríos.

El bosque de neblina de la Cordillera de los Andes es un ecosistema único en el mundo, y solo se halla entre el sur del Ecuador y el norte del Perú, allí donde la majestuosa cadena de montañas se hunde en la corteza terrestre y tras registrar alturas de mas de 5000 metros, aquí apenas si llegamos a los 3500: se trata de la Deflexión Huancabamba.

El Páramo
La pendiente se hizo más empinada y pesada. No había hora de salir del bosque; por otro lado, ya habían transcurrido 4 horas de camino y ni señas de alguna laguna, excepto la misma acequia de aguas heladas con la que nos cruzábamos una y otra vez.

A las once y media de la mañana, a punto de lamentar todo el esfuerzo, llegamos a un gran portal de piedras, el que traspusimos, y por arte de magia apareció.

Tras un suspiro de alivio, habíamos llegado al páramo, que según los científicos, en el caso de Piura, no debería llamarse así ya que a diferencia de los de Ecuador y Colombia aquí faltan un par de especies de flora y fauna que lo configuren como tal.

De hecho, el páramo piurano es un gran pajonal de yerba dorada de menos de medio metro de altura incrustada sobre el lodo negro compuesto por óxidos de azufre, como resultado de un intenso vulcanismo durante la era terciaria. Las lagunas se formaron después de la última glaciación hace unos 20 mil años. Al menos eso dice la geología.

Pero la gente de Piura le ha llamado páramo toda su vida, y también le llama páramo a las violentas ráfagas de viento frío y húmedo en extremo, producto de las corrientes de baja presión que se forman cuando los vientos del Amazonas y del Pacífico chocan justo en esta zona.

Caminar sobre el fango sin el calzado adecuado, mejor dicho, con hojotas y calcetines no es lo mas recomendable, especialmente porque el suelo es tan fofo que la pierna de cualquiera se puede hundir hasta la pantorrilla. ¿Les mencioné que el suelo está constantemente húmedo?

En realidad los páramos piuranos funcionan como esponjas que capturan la humedad del aire y la conservan en el mismo suelo haciéndola circular en forma subterránea. Allí donde la tierra se hunde y la humedad se acumula, se forma una laguna. En este lugar de Piura hay por lo menos medio centenar que se ubican entre las provincias de Ayabaca y Huancabamba, y con mayor continuidad en la llamada Cordillera Real o de Huamaní, que a mi juicio, es el punto donde los Andes pierden toda su lógica.

Advertencias en piedra
Nadie vive en el páramo; mejor dicho, excepto varios colibríes, algunos roedores y los insectos de siempre, no hay comunidades humanas en esta zona.

A medio día, el alma se nos refresca al ver una laguna pequeña de tamaño regular. Falsa alarma: todavía no llegamos a nuestro destino, pero se trata de la Laguna del Pato, que se puede considerar la fuente más septentrional del Río Quiroz. En lo que a mi concierne, esta laguna significa el límite entre la vertiente del Atlántico y la del Pacífico.

Juan, quien tiene cierta habilidad para percibir cosas ocultas, nos advierte que estemos mirando a los cuatro costados en busca de cosas fuera de su lugar. Por supuesto que yo estoy más interesado en avanzar y no perder el rumbo noroeste, aunque comienzo a sospechar que ya estamos perdidos.

Media hora después de la Laguna del Pato, mi agua se acabó. Tenía sed y estaba agotado.

Como los grupos estaban reintegrados, pedí al guía principal que me diera un sorbo de un viejo remedio ideal para combatir la descompensación por la altura. Se trata del cañazo o aguardiente de caña de azúcar; debido al constante esfuerzo, la presión sanguínea baja, por lo que el cañazo revierte el efecto, da una sensación de calor y evita que aparezcan otros síntomas típicos como dolor de cabeza, mareos y dolor en el tórax.

Justo en ese momento veo que Juan y Carlos se separan del grupo y se van a una ladera cercana que el guía identifica como el Cerro Negro. Allí ambos encuentran una piedra con una extraña inscripción tallada en su superficie: no hay ninguna palabra, solo un círculo perfecto interceptado por un ángulo agudo, a manera de trapecio.

No hay investigaciones sobre esta inscripción en particular ni otras dos más que nos encontramos unos metros mas adelante con similares patrones. La única referencia de civilización en 20 Km. a la redonda es el desaparecido pueblo de Caxas, que está al sur de nuestra ubicación y del que hoy quedan solo algunas piedras.

El investigador italiano Mario Polía asegura que el pueblo fue construido por los incas; sin embargo, varios investigadores locales no creen en esta versión ya que los incas gustaban edificar sobre suelo firme, y este no lo es.

Enzo Jibaja tiene otra teoría que desafía todo conocimiento histórico como lo conocemos. Basado en ciertos datos que pudo recoger con Juan, dice que esto podría atribuirse al pueblo Sacsha que vivió en esta zona hace 11 mil años, y que se dedicó a supervisar el normal abastecimiento de las Huarinjas y el discurrir de sus aguas hacia las zonas bajas.

En lo que respecta a las piedras, no hay explicación sobre el significado de sus trazos; sin embargo, Carlos aplicó las fórmulas de superficie y perímetro de la circunferencia y encontró dos números: 60 y 42. Es probable que si se aplican fórmulas matemáticas a todos los patrones, estos petroglifos tendrían más sentido.

La hora del baño
Cuando terminamos de examinar la última piedra, retornamos a nuestro camino, y casi de la nada (definitivamente era el cansancio) apareció la Laguna Negra. Estaba a poco menos de un kilómetro más allá, pero para llegar teníamos que bajar a un pequeño valle y volver a subir a un promontorio donde ésta se ubica, encerrada entre cuatro picachos.

Entonces me doy cuenta que no habíamos tenido mal tiempo, y que el sol saltaba de nube en nube, tratando de darnos calor. La última vez que vine a una de las Huarinjas, hace tres años, simplemente entré y la laguna se llenó de nubes. El guía de ese entonces me dijo que siempre antes de ingresar a estos lugares sagrados, es necesario realizar una ofrenda a la tierra.

Se lo comenté al grupo, y el guía decide realizar una pequeña ceremonia de pago con un poco de cañazo y Agua de Florida que habíamos llevado; toma unos sorbos y la esparce a los cuatro puntos cardinales como si fuese un aspersor: este es el famoso Shingado.

El hipersensible Juan nos confiesa que no estamos solos; entonces Enzo eleva una plegaria ecuménica al eterno binomio de estas tierras: el Creador y la Mama Pacha.

A las dos de la tarde, llegamos a la orilla de la laguna. Corría un poco de viento, pero Enzo  y Juan se estaban desvistiendo y preparándose para participar en una ceremonia de bendición en las aguas heladas, presidida por nuestro guía, quien fungiría como chamán.

Carmen fue la siguiente, muy a su pesar; casi a rastras, fui el próximo, y confieso que hay que tener mucha adrenalina para sumergirse de cuerpo entero en el agua helada. Tus sentidos te dicen que podrías morir de hipotermia pero tu corazón te pide ser parte del ritual y poner tu cuerpo en contacto con este fluido vital. Cuando regresé a la orilla, semi desnudo, todavía no asumí que había sobrevivido a cinco grados de agua helada, y ahora me entregaba al viento frío de la sierra para ser uno solo con el resto de la Naturaleza.

Carlos, que había tenido un leve ataque de mal de altura, fue el ultimo en meterse tras continuos ruegos, y luego se sentó junto con el resto del grupo a tomar el viento frío en la orilla.

Fue allí cuando nuestro guía explicó un detalle que nos convenció que no se trataba de una simple laguna, sino de un ser con alma. A medida que ingresábamos y salíamos del agua, la neblina sobre ella, se despejaba o se amontonaba, y esto era un indicador de salud o enfermedad de cada bañista, lo cual permitía un diagnóstico rápido de los males físicos y espirituales de cada cual.

Sobreviviente
El plan mío y de Carlos era subir a la laguna para tomar algunos datos y regresar esa misma tarde a Huancabamba, o esperar al resto del grupo en Salalá; Enzo y el resto habían llegado con la intensión de pasar la noche. Entonces le invitaron a quedarse con ellos.

Esta fue una de aquellas raras ocasiones en las que mi compañero terminó accediendo, y no tuvimos otra que ser parte del campamento. El detalle era que nuestras bolsas de dormir se habían quedado en Huancabamba y no estábamos preparados para pasar la noche en estas condiciones.

Cerca de la laguna, un lugareño y su esposa tienen una choza donde venden comida y un cobertizo donde los comensales pueden sentarse y descansar. A última hora, coordinamos con un arriero para que nos llevara unos tres caballos para poder salir al día siguiente.

Tras comer, decidimos arreglarnos para pasar la noche con el poco abrigo que teníamos disponible. Algunas pequeñas lloviznas se habían presentado y el frío comenzaba a intensificarse.

Justo al oeste de la Laguna Negra hay una especie de valle en forma de U, por donde se precipita una pequeña corriente de agua que mas abajo forma el Río Quiroz. Este valle desemboca en un precipicio desde el que se puede ver la Cordillera donde se encuentran la ciudad de Ayabaca o las Ruinas de Aypate, y entiendo la predilección de los pueblos andinos por venerar las alturas.

A las siete de la noche, todo estaba oscuro, y justo sobre la superficie de la laguna comenzó un extraño espectáculo que nos sorprendió. Luces de fuertes colores comenzaron a elevarse y ya estaban sobrevolando todo el sector del valle e incluso rodeando el cobertizo bajo el que intentábamos protegernos de una violenta lluvia que acababa de desatarse.

El baile de las luminarias duró unas tres horas y nos dejó perplejos, sabiendo que no podíamos salir a ninguna parte ni comunicarnos con nadie ya que nuestros equipos simplemente no tenían señal. Por miedo pedí que no se fotografiara nada de esto, pero era evidente que algo estaba pasando justo frente a nosotros.

Intentamos dormir sin éxito en medio de la lluvia y el frío hasta que amaneció, pero ni seña del arriero ni los animales que habíamos pedido.

Cuando nos preparábamos para salir de allí a pie (a pesar de todo), apareció el señor junto a otras dos personas, nos acomodaron y comenzamos el camino de retorno.

Nos tomó sólo un par de horas volver a Salalá; el resto, que había venido a pie, llegó una hora después.

Cuando volvimos a la camioneta rural que habíamos separado desde Huancabamba, la gente del lugar pasaba junto a Carmen, Carlos y yo, mirándonos como extraterrestres, pero nadie se atrevía a preguntarnos nada.

Ya se había corrido la voz en el pueblo que un grupo de personas desconocidas había ido a pasar la noche en la Laguna Madre para tomar contacto con las extrañas luces. Sin embargo, nadie se atrevió a preguntar; solo un hombre con un fuerte aliento a celebración se acercó y nos dijo que nosotros éramos especiales y que habíamos sido elegidos para proteger la laguna. Tratamos de despedirlo amablemente pues lo único que teníamos en ese momento era cansancio. Se aproximaba el medio día del Viernes Santo católico.

No es la primera vez que la gente de esta zona se topa con los bólidos, los que suelen ubicarse en sitios aparentemente estratégicos, incluyendo el lugar donde la mítica ciudad dorada de Chicuate parece estar hundida.

Esa noche ya devuelta en Huancabamba, me puse a pensar que, efectivamente, nuestra tarea era difundir y proteger lo que esta laguna representa. En la cama del costado, Carlos era preso de continuas pesadillas, las que no lo dejaron dormir por el resto de esa semana….

Esta historia se produjo el 5, 6 y 7 de abril de 2007. Originalmente publicada aquí el 1 de agosto de 2008. La Asociación de jóvenes ecologistas de Huancabamba colaboró con la producción local de esta historia. Edición original por Lucía García. Reedición por el autor.
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