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El cerro SauceEn el cerro Sauce descansamos hasta las 10 de la noche, junto a otros peregrinos. Nos frotamos, tomamos antibióticos. La idea era estar lo mejor posible para poder subir el cerro sin dificultad. La gente dice que a este cerro se le se le guarda mucho respeto. Nosotros pudimos coronarlo como a la medianoche, todos juntos y apenas descansamos un cuarto de hora, debido al frío. Nuestras piernas temblaban cuando comenzamos a bajar el cerro, por lo que había que sostenerse bien, pues podríamos resbalar y caer.
Valle del QuirozDos horas después llegamos al Higuerón, aunque de nuevo retaguardia se retrasó una hora. A las siete nos despertaron las hermandades que entraron cantando al pueblo. Ellos siempre entran y salen cantando de un pueblo. Una hora y media después, salimos hacia Paimas, con un breve descanso en Culqui, donde comíamos un cebiche. Llegamos a Paimas a las tres de la tarde. El paisaje de los maizales en los cerros era impresionante. En Paimas almorzamos y descansamos hasta las seis y media. Nos preparábamos para el tramo más largo de toda la peregrinación. En el templo de Paimas, me percaté que muchas hermandades daban muestras impresionantes de fe: entraban de rodillas, otros rampando, cantando. Hay que tener valor para hacer esto. Me di cuenta, entonces, que la fe de esta gente es inmensa, como un milagro.
Hacia MonteroMire el reloj; eran ya 6:30 de la tarde. Fui en busca de mis compañeros, quienes estaban casi listos. Sin demoras, enrumbamos hacia Montero, el tramo más largo de todo el peregrinaje, o dicho en otras palabras, unas seis a siete horas. En el trayecto tuvimos muchas dificultades. Era de noche y en la oscuridad divise a uno de nuestros compañeros, con dificultades para avanzar debido a una inflamación en los dedos de sus pies, y ampollas. Tuvimos que caminar a su ritmo, esto es, muy lento.
En un caserío llamado San Francisco, una hora de camino antes de Montero, decidimos quedarnos para que calme la inflamación y poder seguir mejor al amanecer. Enviamos un mensaje (con otros peregrinos) a nuestros compañeros en Montero para que avancen sin nosotros. Despertamos a las siete, cuando pasó un peregrino y le pedí ayudar a mi compañero. Él le frotó. “Ojalá funcione”, dijo. Seguimos caminando hasta llegar a Montero a las 8 y 30. Desayunamos. Allí me enteré que nuestros compañeros habían salido 40 minutos antes. Compré desinflamantes y analgésicos. El dolor comenzó a desaparecer.
El tramo finalCon la intención de alcanzar a nuestros amigos, tomamos un atajo muy agotador por Las Aradas. Logramos alcanzar a la punta. Cuando todos estuvimos reunidos, a las tres de la tarde, partimos hacia Los Molinos. De allí a Ayabaca, sólo quedaban tres horas. Llegamos antes de
anochecer, y contemplamos el hermosísimo paisaje, los sombríos en
los cerros, el ánimo que nos daba la gente. Tomamos un café bien caliente y es que el frío aquí es insoportable. Emocionados, las antenas de teléfono de Ayabaca: “¡Estamos cerca muchachos!”. No perdimos más tiempo y decidimos seguir hasta llegar. La oscuridad nos ganó en el camino. Era el último tramo: un cerro resbaladizo llamado "Sal si puedes". Antes de subir, hay otro pequeño cerro conocido también como "La Nariz del Diablo" por su forma. Aquí los peregrinos dejan prendas usadas o cualquier cosa de ofrenda porque según el mito, el que no lo hace no podrá subir el cerro. Nos animábamos entre todos: “Ya falta poco… un poco mas”. Llegamos a la Cruz del Peregrino [Cruz de Palo Blanco], en la entrada de Ayabaca. Hicimos una oración y nos abrazamos satisfechos. Muchos peregrinos llegaron junto con nosotros. Aún queda un kilómetro para llegar al templo.
Ayabaca, finalmenteFilas de peregrinos llenaban las calles. Ellos esperaban que avancen las filas para poder ver a la imagen. Nosotros entramos por la fila de viajeros particulares. No demoramos mucho, entramos y puede ver la imagen de Cristo Cautivo, con una mirada penetrante, de Padre protector que espera aquí a sus hijos. Apenas si tuve 30
segundos para tocarlo. ¡Dios ama tanto a su pueblo! En las calles, muchos peregrinos entraban de rodillas, otros rampando, otros cantando, llorando: era conmovedor. Mis compañeros y yo estábamos agotadísimos. Fuimos a un colegio que un amigo que nos ofreció para descansar, para al día siguiente, regresar con la alegría de haber cumplido con el Señor Cautivo.
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