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Todo desde cero
Cuando el corazón se resiste a dejar, pero tiene que dejar.

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Por Nelson Peñaherrera Castillo
FACTORTIERRA.NET


Foto Cortesía Magno Concepción.

CIUDAD DE LIMA - Es uno de esos días que el ómnibus del Metropolitano va atestado de gente cuando un hombre, no más de metro setenta de estatura, le da codazos a un fornido, como de un metro noventa, quien decide irse más allá para  evitar los incómodos golpes. Quién sabe, como todo el mundo va cual sardina, el roce, la inercia, en fin, es inevitable. Pero la idea es infructuosa porque ahí está otra vez ese sujeto bajito golpeando. El grandulón se hace más allá aún hasta que ya no tiene dónde ir.
"Disculpe, deje de darme codazos", pide con sus mejores modales y un evidente acento venezolano.
"Cállate y deja de venirnos a quitar trabajo", le reclama el que ahora parece lucir como agresor, con mucha soberbia e ira.
"Pero yo no vine a quitarle el trabajo a nadie", replica el primero.
Entonces una mujer mayor interviene: "Ya deja de molestarlo", le increpa al agresor. "Él viene a ganarse la vida como todos nosotros".
Entendiendo que en vez de obtener respaldo consigue todo lo opuesto, el agresor y la mujer están comenzando una discusión cuyo centro es ese desconocido, y la dama ahora parece perder el respeto del iracundo y soberbio, hasta que un joven de metro ochenta o por ahí, con una evidente contextura de fisicoculturista, se pone de pie, avanza hasta el agresor y lo encara: "A ver, méteme codazos a mí porque te tranquilizo de un puñete".
Ante la estampa del musculoso, el impertinente debe estar pensando en ese momento si es más importante continuar siendo voluntarioso o proteger su humanidad.
"Yo sí soy peruano, y ese venezolano es mi amigo", remata el fisicoculturista.
El agresor masculla algo y se escabulle entre el resto.
El venezolano se queda viendo la escena sin decir una palabra, y sin saber si quiera quiénes son esa mujer y ese joven que han salido en su defensa. Por último, ambos se bajan un par de estaciones antes que él. Apenas si ha podido darles las gracias.


Foto Cortesía Magno Concepción.

"Jamás los había conocido en mi vida y nunca supe quiénes fueron", asegura Magno Concepción (49), administrador de empresas natural de Valencia (Carabobo), quien es parte de la ola migrante en el Perú. En Venezuela ha dejado a sus cuatro hijos, la casa de sus padres y un empleo que en los últimos años no le permitía llegar a fin de mes debido a la galopante devaluación del bolívar que se ha transmutado dos veces, primero en bolívar fuerte, el que una vez debilitado se llamó bolívar soberano hace un par de meses.

A los 21 años trató de empezar una carrera en el bbéisbol profesional, integrándose a Leones del Caracas, uno de los equipos más populares del país, pero apenas si se quedó a nivel de preseleccionado porque su miedo escénico le jugó las situaciones más incómodas y embarazosas imaginables,.

"Nunca entendí por qué me asustaba toda esa multitud en el estadio", dice, porque luego se dedicó a hacer múltiples cosas entre ellas trabajar como chofer y guardaespaldas, lo que demanda mucha exposición pública. Y más aún, en diciembre integraba los grupos que interpretaban las gaitas, ritmos caribeños típicos que se tocan y escuchan durante la época navideña. Incluso llegó a ser parte de Los Ex, que tocaba salsa y merengue, integrada por ex cantantes de Guaco, una popular orquesta que comenzó interpretando música tradicional del Zulia, al occidente de Venezuela. "Una de las mejores", afirma.
El instrumento de Magno era, y es, si le dan la oportunidad de tocarlo, la tambora.


Foto Cortesía Magno Concepción.

Pero, siendo padre de cuatro hijos, con cuentas por pagar, el dinero del mes que cada vez alcanzaba menos, y la inestabilidad que ofrecía el chavismo, Magno pensó que su vida necesitaba una solución radical: salir del país.

Esperó a que en las elecciones de 2017, la oposición a Nicolás Maduro consiguiera tener el control de Carabobo, lo que no fue posible; así que siguió el consejo de una amiga que ya estaba viviendo en Lima y salió como pudo con ayuda de un hermano suyo que está viviendo en Canadá. Tomó su maleta, su laptop, su celular, y emprendió rumbo suroeste con el consuelo de que al menos llegando a Lima, tendría un lugar donde cobijarse.

"Cuando llegué a Piura encendí la laptop y me conecté con mi amiga aprovechando que el terminal de buses tenía wifi", relata. "Entonces ella me dijo que ya no podía recibirme porque el dueño de su edificio se había puesto bravo".

Magno se desesperó inicialmente. Ya estaba dentro del país que sería su nuevo hogar pero a menos de mil kilómetros de su destino. Lo que había dejado atrás era el quíntuple que éso. Quiso llorar, pero buscó a otros amigos en línea, quienes le hablaron de otras alternativas más baratas aunque algo bulliciosas en Lima Norte, y las tomó.

Tras tener varios empleos en los que no duró demasiado debido a que sus patrones no le pagaban, consiguió algo más estable como seguridad en una discoteca en La Victoria que, con el tiempo, lo llegó a combinar con la administración de un restaurante en Chorrillos. Así comenzó a reunir dinero y a enviarlo para Venezuela. Claro que trabajar doble lo privó del sueño. "en una oportunidad llegué a acumular más de cinco días sin poder dormir", recuerda.


Foto Cortesía Magno Concepción.

En los pocos ratos libres, cuando aleteaba la nostalgia, Magno prendía su laptop y repasaba en privado todas las fotos de sus hijos.

"Recuerdo que el día de Año Nuevo, el DJ comenzó a hacer el conteo regresivo, y cuando llegó al cero, yo comencé a llorar de tristeza; lo siguiente que recuerdo es a todos mis compañeros y compañeras de trabajo abrazándome fuertemente, diciéndome que no me pusiera triste, que la situación de Venezuela va a mejorar muy pronto, y a la mañana siguiente, cuando la empresa nos invitó desayuno, el jefe fue quien se acercó y también me dio un abrazo fuerte", confiesa.

Magno dice que, al margen del episodio en el Metropolitano, el trato que ha recibido de los peruanos ha sido positivo, aunque, claro, sigue sin saber quiénes fueron la señora y el fisicoculturista quienes lo defendieron.

"Luego conseguí trabajo en una fábrica de costura y la máquina estaba tan baja que yo terminaba con mi espalda destrozada; entonces, mis compañeros se las ingeniaron para ponerle tacos y elevarla, buscarme un banco más pequeño, y así yo pudiera estar cómodo laborando", cuenta.

Tratando de buscar mejores oportunidades dejó los empleos anteriores y ahora está del otro lado de la capital, en Ventanilla, Callao, trabajando para una empresa que fabrica accesorios de minería. Allí su nuevo jefe le proporcionó una casa prefabricada que le sirviera de cobijo con tal de evitar más gastos en transporte.

Todo iba bien hasta que la segunda semana de setiembre alguien se metió a la empresa y la asaltó. Todo el personal, inclouyendo a Magno, fue reducido y maniatado.

"Como la casita no tiene calefacción, yo duermo con dos capas de ropa, así que menos mal que no me robaron éso y otra que tenía guardada"; pero sí lo dejaron sin parte de su dinero... y la laptop. "Ahora, cuando quiero ver a mis hijos, tengo que meterme a las redes sociales en el celular".


Foto Cortesía Magno Concepción

Después de ese episodio, ha preferido ir a dormir al almacén de la empresa, que le parece más seguro, o la casa de uno de los vecinos; aunque, poco a poco, está regresando a la casita prefabricada. Al menos su buen humor no se lo han quitado.


"Recuerdo que cuando Perú le ganó a Nueva Zelanda era el que más gritaba los goles, y mis compañeros peruanos me miraban como diciendo que estaba loco; igual cuando ustedes fueron a Rusia, no sabes cómo me lamenté cuando [Christian] Cueva la lanzó al palo, y luego era el más eufórico cuando Perú le ganó a Australia", ríe.

Mientras tanto, está pensando en reivindicarse consigo mismo y pagarse una deuda pendiente de más de dos décadas, así que está integrándose a un equipo de softball (el equivalente al béisbol lo que el fulbito al fútbol) que está entrenando en Magdalena del Mar. . También está viendo cómo se da maña para tocar de nuevo la tambora, aunque sea una sola canción, durante el concierto que Guaco ofrecerá en Lima en noviembre próximo. Ya está moviendo sus contactos para conseguirlo, a propósito.

También le agradaría reencontrarse y conocer a la señora y al joven fisicoculturista quienes lo defendieron en el Metropolitano, pero medio que se desalientta pensando que es como buscar una aguhja en un pajar.

"Para mí, fueron como ángeles", asegura.

Sí, Lima tiene más de nueve millones de habitantes, pero incluso con esa remota posibilidad, los reencuentros y los milagros se dan cuando menos uno lo espera.

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