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El curandero
La magia y la aventura envuelven el camino a la Laguna Negra.

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Por Iván Fustamante*

especial para FACTORTIERRA.NET


Arte por Danraf, especial para FACTORTIERRA.NET

Aún recuerdo el maravilloso lugar donde nací. Mi padre tenía unos 40 años y mi madre poco menos de 30. Nunca imaginé que el destino me tenía preparada una gran sorpresa: llegar adoptar conocimiento de las yerbas del campo, todo por curiosidad. Tras mis buenas recetas caceras, me apodaron “El Curandero”.

Voy cruzando los 45 años, pero fue hasta los 40 que me dediqué a curar a innumerables niños, mujeres, hombres con diferentes males. Mis servicios quedaron rezagados porque en el Puesto de Salud se instaló un profesional médico, una obstetra e incluso una muy bonita y joven enfermera. Recuerdo que los primeros días casi todos los jóvenes enfermaron y pedían ser atendidos por aquella esbelta señorita.

Un día una mujer muy adinerada, como un acto diabólico, parió un bebé deforme. Desde esa época hombres y mujeres morían sin que nadie supiera exactamente el mal que los llevó a encontrar la muerte; los niños fenecían con una pequeña fiebre. Nadie podía hacer nada, los medios económicos de las familias para trasladar a la provincia a sus parientes eran escasos.
Hasta ese momento todos esperaban resignados la muerte.

Una llamada de Rigoberto, mi sobrino, estremeció mis sentidos. Era Pablo quien se encontraba muy mal de salud. Mis lágrimas cayeron, entrecrucé los dedos, miré a las estrellas del cielo. “Dios, no puedes quitarme a mi único hermano”, recé sin que nadie se diera cuenta. Lo peor es que mi prestigio y don de “Curandero” había desaparecido.


Huancabamba, Piura.
Foto por Iván Fustamante, distribuída por FACTORTIERRA.NET

Un pequeño equipaje, hojitas de coca y un puñado de valor hicieron emprender mi viaje en busca del mejor médico de Huancabamba; con algo de suerte llegué a mi destino. Quién sabe cómo pero estaba en la misma casa de Pancho Guarnizo, médico curandero, el mejor de las Huaringas. No había terminado de saludarlo y ya me dijo la razón por la que estaba ahí, me ofreció algo de comer, cogió una botella con un líquido oscuro y me escupió en la cara. “Con esto,  tu hermano ni nadie más de los tuyos va a fallecer”, dijo mientras soltaba una carcajada; y, como si nada más le interesara, ingresó a un cuarto que da frente al comedor.

La mañana siguiente muy temprano, luego del desayuno y por orden del inefable Guarnizo, emprendimos el camino. Nuestro destino: la laguna negra, según cuentan la madre de todas las 14 lagunas curanderas. Ya en El Porvenir (lugar cercano a la laguna) los lugareños me dieron algunas recomendaciones para aprovechar sus propiedades curativas; pero algo no estaba bien conmigo; los mareos y posible vómitos se incrementaban mientras avanzábamos a paso ligero. Algunos enfermos iban sobre algunos caballos, otros ayudados por sus familiares. Al final todos querían mejor vida, dinero, mujeres, mejoras en los negocios; yo solo quería que mi hermano Pablo recobrara su salud.

Poco a poco dejé que mis sentidos se interconectaran con la Naturaleza; el viento retorcía mi cuerpo y jugueteaba con mis largos cabellos, mi cara sentía la pegada del viento que por momentos me hacía retroceder, la llovizna también pegaba fuerte, que se entremezclaba con algo de tristeza e ingresaba a mis ojos. De lejos se divisaba en la cordillera un cerro muy alto (Cerro Negro) quien parece dar la bienvenida o habla de sus visitantes y prepara sus aguas para curar.

Cierro los ojos, imagino a mi familia, a mis amigos, a quienes fallecieron producto de la rara pandemia. Luego de caminar casi una hora ahí está, impresionante diosa. Sus orillas son como unos labios de una fémina bien definidos,  resguardada por su viejo amor el cerro Negro, sus olas hacen de ella su pelo negro bien ondulado, de ojos oscuros; desde ya siento ese corazón noble. Minúscula pero real descripción.

A pesar de que a su alrededor no hay ningún clavel, dalia, girasol, margarita o rosas que creen una elegante guirnalda, pero de seguro estoy cerca del paraíso terrenal, murmuré para mis adentros: Eva, ¿porqué diste una manzana? ¿No fue mejor tomar un poco de ésta agua, alimentar y saciar la sed de tu marido? – Alguien interrumpe y deja en duda mis interrogantes.

¡Que ingrese el curandero a las aguas benditas de la “laguna madre! - se escucha decir. “Bendito Dios del universo, que hizo el cielo y la tierra…, empieza el rezo de Guarnizo quien luego de levantar su férrea mirada hacia la laguna, sorbe su mulato y la comparte con ella. Con la prenda mínima en mi cuerpo empecé a ingresar a la laguna tocando suave las frías aguas. Por la vida y salud de los míos me introduje completamente; sentí que se me congeló el alma, la vida, los momentos, y hasta las más grandes hazañas.


Huancabamba, Piura.
Foto por Iván Fustamante, distribuída por FACTORTIERRA.NET

Salí de las aguas y todos se preparaban para el regreso. El Maestro aseguró el bienestar de mi hermano y la gente de mi comunidad. Pero yo, terco y algo desconfiado, me alejé unos metros del lugar, metros arriba donde nadie pueda observarme. Me arrodillé dejando que mi cuerpo sin ropa se siga exponiendo al frío; cerré los ojos y empecé a rezar por un buen rato.

Una inmensa luz salió de entre las entrañas del cerro, cubrió mi cuerpo,  sentí que era capaz de volar y surcar los aires. Entre la luz noté que llevaba ropa muy delgada y elegante, calzado nuevo, el pelo recortado, colocado finísimos perfumes. Todo seguía  extraño. El camino de regreso ya no era el mismo; los campos eran muy verdes y llenos de claveles, dalias, girasoles, margaritas, rosas y lleno de elegantes guirnaldas. Hasta el viento había planeado darme una sorpresa: pegaba muy suave en mi cara.

El camino pedregoso era una extensa pampa llena de paraíso tropical. Para el traslado podías tomar un camello o tal vez una jirafa, total era un parque lleno de jazmines. No podía dejar pasar por alto tan selecta escena. Toqué mi costado derecho, lugar donde suelo llevar la cámara fotográfica, y para sorpresa no había. Sin duda tenía que regresar a la orilla a buscar mi cámara. Unas voces y hasta llanto de algunas personas irrumpió mi regreso, cada vez con más intensidad; pensé que alguien había sufrido un accidente; se me cruzaban miles de ideas, no sabía qué hacer.


Huancabamba, Piura.
Foto por Iván Fustamante, distribuida por FACTORTIERRA.NET


“Dio la vida por todos nosotros; los hijos de nuestros hijos llevarán presente el nombre del curandero”, escuché decir.
Momentos cuando siento que alguien sollozando me carga. Abro los ojos y veo a mi hermano Pablo vestido de negro, junto a todos los vecinos de mi comunidad. Subo la mano sobre mis ojos que apenas ven, como cuando despiertas de un largo sueño. Dios, ¿Pero qué pasa aquí?, Pregunto. Nadie responde, solo atinan a llorar, algunos se desmayan; pero es mi hermano Pablo quien dice:
“Un día después de tu partida, como por arte de magia recobré mi salud. Inmediatamente fui tras tuyo; encontré tu cuerpo sin vida. Según me contaron muchos testigos, tu cuerpo no resistió las dos horas expuesto a las bajas temperaturas”.

Dios mío, estuve en el paraíso…

* Iván Fustamante es un periodista radicado en Cutervo, Cajamarca, y según notamos aquí, un prometedor escritor.
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